Cuando la tierra arda, cuando el cielo se rompa en mil pezados, cuando las huestes del infierno luchen contra las hordas de Dios, cuando entonen el O Fortuna a voz en grito los acongojados humanos, mortales, juiciosos, arcaicos y sobrantes, cuando el mundo colisione y el universo se repliegue, ese día, seré feliz.
Hasta entonces solo guardaré odio, animadversión, asco y unas ganas refrenables de acabar con mis semejantes, inútiles y perdidos, demasiado atrasados en un mundo en constante avance. Puede que seamos la especie más evolucionada, pero somos la menos importante. Pensad: un mundo sin abejas no duraría, o sin arañas, o sin peces, pero un mundo sin humanos sería idílico, hasta tal punto que sería perfecto. Sin guerras, sin hambre, sin dolor innecesario, las personas solo servimos para ello, para causar dolor, así que,
¿Qué más da un mundo sin personas? ¿Qué más da si somos innecesarios? ¿Qué más dará si acabaremos muriendo tarde o temprano?
Yo no se de ustedes, ustedes tampoco de mí. Pueden pensar y razonar, a su modo. Porque la vida no es más que subjetividad, para bien o para mal. Y para mí, es un asco.
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